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110 premios Nobel firman una carta a Greenpeace pidiendo que cese su ataque contra los OMGs

La oposición de la organización ecologista Greenpeace a la utilización de Organismos Modificados Genéticamente (OMGs) es ampliamente conocida. Basándose en una supuesta inseguridad para el medioambiente y la salud humana, la ONG ha tenido una indiscutible influencia en el freno al desarrollo y la utilización de múltiples cultivos, entre los que destaca el arroz dorado.

110 reconocidos premios Nobel han firmado una carta abierta pidiéndoles que cesen sus ataques hacía los OMGs en general, y al arroz dorado en particular, y reconozcan las conclusiones de los informes científicos competentes. Los firmantes de esta carta consideran que el rechazo de Greenpeace hacia los transgénicos es ideológico y supone un “crimen contra la humanidad” que se está cobrando ya demasiadas vidas.

Los galardonados recuerdan que más de 800 millones de personas en el planeta comen sólo arroz, lo que les produce una importante falta de nutrientes, entre los que destaca la vitamina A. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) 250 millones de niños sufren carencia de esta vitamina, de los cuales 500.000 se quedan ciegos cada año, muriendo la mitad de ellos al año siguiente, debido a los efectos que conlleva esta pérdida de visión.

El arroz dorado, creado en 1999, es una variedad de arroz con los genes modificados para producir un precursor de la vitamina A. Fue desarrollado por Ingo Potrykus (Institute for Plant Sciences, Swiss Federal Institute of Technology) y Peter Beyer (University of Freiburg) que liberaron los derechos de propiedad intelectual al público a través del Golden Rice Humanitarian Board E. Su utilización en Asia y África podría reducir significativamente las muertes provocadas por la deficiencia de esta vitamina. Por ello, los 110 premios Nobel lanzan un llamamiento a los gobiernos del mundo para que rechacen las campañas contra los transgénicos.

Según la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la producción mundial de alimentos y piensos deberá duplicarse para 2050 si se quieren satisfacer las necesidades de una población mundial creciente. Sólo será posible afrontar dicho reto con una agricultura eficiente, que permita una utilización sostenible de los escasos recursos disponibles en nuestro planeta, y basada en criterios científicos. La transgénesis es una tecnología segura y ya muy contrastada, esencial para la consecución de dicho objetivo. Por ello, los alimentos transgénicos son tan seguros como cualquier otro alimento, señalan los científicos firmantes que acusan a Greenpeace de tergiversar los riesgos, beneficios e impactos de los OMGs apoyando la destrucción criminal de cultivos de experimentación, impidiendo avances científicos que asegurarían el futuro de la humanidad.

El consenso científico internacional reconoce que la edición de genes en un laboratorio no alberga más riesgos que las modificaciones a través de la reproducción tradicional. Un informe realizado por The National Academies of Science, Engineering and Medicine en el que se analizan datos de cultivos transgénicos desde los años 80 reconoce que no existen pruebas documentadas de una diferencia entre los riesgos para la salud humana entre los cultivos convencionales y los modificados genéticamente, y que tampoco existen evidencias concluyentes de que los cultivos transgénicos hayan causado ningún problema medioambiental.

“Somos científicos. Entendemos la ciencia. Tenemos claro que lo que hace Greenpeace (en materia de OMGs) es perjudicial y va contra la ciencia” declaró Richard Roberts (director científico del New England Biolabs). Más de 240 organizaciones científicas internacionales apoyan la seguridad de los cultivos y alimentos transgénicos. La propia OMS y la FAO reconocen su seguridad, así como su papel clave para conseguir una agricultura más sostenible, la seguridad alimentaria y la lucha y adaptación al cambio climático.

Esta carta debería marcar un antes y un después en relación a los intereses ideológicos y políticos que estas organizaciones activistas llevan años desarrollando contra los OMGs. Anteponiendo esos intereses al conocimiento científico, se está limitando el acceso a una herramienta segura para la mejora vegetal, una actividad que comenzó a hacer el hombre durante el Neolítico, hace ya más de 10.000 años.

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